Conclusiones apresuradas

Marta se sentía la defensora de moral de su iglesia. En realidad era la chismosa de la iglesia. Se había elegido como el árbitro de la moral de la congregación, por lo que solía entrometerse en la vida privada de los otros miembros. Los hermanos odiaban esa actitud, pero le temían lo suficiente como para guardar silencio. Pero un día cometió un error cuando acusó a Juan, un miembro nuevo, de ser un alcohólico. La acusación surgió por haber visto su automóvil estacionado una tarde frente al único bar del pueblo.
“Es obvio lo que estaba haciendo allí”, comentó la chismosa.
Juan, un hombre de pocas palabras, la miró por un momento y simplemente se alejó. No explicó nada, tampoco se defendió ni negó lo ocurrido. No dijo nada. Más tarde, esa noche, Juan estacionó tranquilamente su automóvil frente a la casa de Marta. Y lo dejó allí ¡toda la noche!


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