En un culto de domingo, el pastor predicó con su acostumbrado entusiasmo sobre el papel de la Iglesia en traer pecadores al Señor.
Muy atentos, los ojos de toda la congregación estaban puestos en el predicador al tiempo que lo alentaban con fogosos “amén, amén”, por aquí y por allá.
Todo iba muy bien hasta que el pastor en su entusiasmo gritó a todo pulmón:
“Vamos hermanos, ayudemos a los salvos a perderse”...