“El domingo pasado, el mensaje estuvo a cargo de un hombre relativamente joven, de menos de 30 años y lleno del fuego del Señor. El hombre comenzó a predicar y parecía que no iba a terminar jamás. Cuando llegó a la hora, comentó: ‘Bueno, habiendo planteado el tema de mi mensaje, avancemos…’
Me quise morir cuando escuché semejante expresión y para colmo tenía muchas ganas de ir al baño.
Cuando no pude más me levanté para encontrarme con la sorpresa de que los baños estaban clausurados, así que salí, me subí a mi auto y me fui a la estación de servicio más cercana para aliviar mi necesidad.
Volví relajado, pero para mi sorpresa el predicador continuaba hablando, lo que hizo durante un rato más. Finalmente terminó y todos dimos gracias a Dios.
Al terminar el culto el buen hombre se paró en la puerta para saludar uno por uno y darle la mano todos los fieles.
Cuando me vio, exclamó: ‘¡Ah!, aquí viene el hermano que se levantó y se fue en el medio de la predicación’.
No me animé a decirle lo que me pasaba, así que le dije: ‘Fui a cortarme el pelo’, a lo que me contestó: ‘Pero hombre, podría haber ido antes del culto’.
No pude resistir y le dije con una sonrisa pícara: ‘Lo que pasa es que cuando entré no necesitaba cortarme el pelo’.”

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