Había una vez una hermana de esas que le gusta hablar y hablar y hablar... Para más "bendición", era amiga de los pastores y pues a cada rato la ponían a predicar. Ya toda la congregación sabía que si la hermana subía al púlpito, pues ese día el culto iba para largo.
En fin, una noche subió la hermana al púlpito. Ya todos pensaban que el culto de oración iba a continuar como vigilia de oración. Fue entonces cuando la hermana dijo:
-Hermanos, todos saben que a mí me gusta hablar demasiado. Pero hoy voy a hablar poquito.
A lo lejos, como por la parte de atrás de la iglesia, bajito pero contento, se escucho un ¡GLORIA A DIOS! de parte de algún aliviado varón.

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