Había una hermana muy tacaña, que cada vez que pasaban con el alfolí de las ofrendas decía:
- Mi ofrenda para el Señor es mi corazón - Y por ese estribillo nunca daba nada.
Hasta que un día el ujier que recogía las ofrendas le dijo:
-Hermana, pero con su corazón no se puede pagar la luz...

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