Demasiado bueno para ser cierto

Había un templo muy viejo que necesitaba ser remodelado.

Fue así que durante el servicio del domingo, el pastor formula desde el púlpito un llamado ardiente a la generosidad mirando directamente al hombre más rico del pueblo.

Al final del servicio, el hombre rico se para y anuncia, “pastor, voy a contribuir con mil dólares”.

A los pocos segundos, un pedazo de yeso cae del techo y pega en el otro hombro del donante.

Rápidamente, el hombre rico se para de nuevo, y grita: “pastor, incrementaré mi donación a 5 mil dólares.”

Antes de que se pudiera sentar, otro pedazo de yeso cae del techo y  golpea nuevamente al rico, que en un grito de dolor asegura: “pastor, voy a doblar mi segunda promesa, donaré diez mil dólares.”

Se sienta de nuevo y un pedazo muy grande de mampostería cae sobre su cabeza y lo mata, a lo que el pastor mirando al cielo comenta: “Señor, con diez mil ya estábamos conformes”.


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