Los caminos del Señor

En un pequeño pueblo, hace ya algunos años, un sacerdote tenía que marcharse a una ciudad lejana por razones de trabajo.
Así que a las puertas del pueblo se despide del alcalde del pueblo.
- Bueno hijo mío, me marcho. Espero que todo esté bien durante mi ausencia. 
- No se preocupe Padre, todo estará muy bien. 
Y de ésta manera, el cura se marchó montado en su mula.


Semanas después el padre emprende su regreso y al estar cerca del pueblo observa a la distancia que una persona se acerca corriendo. Era el alcalde del pueblo, con la ropa toda sucia y con cara de desespero. El cura le dice:
- ¡Hijo mío! ¡Qué ocurrió! 
- Una desgracia padre, una desgracia. ¡Un huracán! Pasó por el pueblo y se llevó mi casa y todas mis pertenencias. ¡Quedé sin nada! 
- Lo sabía, lo sabía –dijo el sacerdote en tono de reproche- Ya te lo había advertido. Muchas veces te dije que tu mal comportamiento te traería desgracias. Es un justo castigo de Dios por toda tu corrupción, robos, infidelidades y toda tu perversión. Es un justo castigo del cielo. 

El Alcalde se queda mirando fijamente al sacerdote y le dice en forma sarcástica:
- Sabe una cosa Padre. El huracán también se llevó su casa. 
El cura junta sus manos a manera de plegaria y mira hacia el cielo. Y dice:
- Hijo mío ¡Los caminos del Señor son misteriosos!...


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